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Venezuela es una piñata

By: Carolina Jaimes Branger - Nov 11, 2013, 1:00 pm

Hace años, un danés que vivió mucho tiempo en Venezuela le comentó a mi hermano Ricardo que él había entendido el país cuando fue a una piñata: “un objeto lindo -que por lo general representa a un personaje querido- es literalmente majado a palos (acto aupado por todos los asistentes, “¡dale, dale, dale duro, más duro!”) hasta ser destrozado. Cuando cae el cotillón, todos se lanzan a recoger lo más que puedan, incluso quitándole lo suyo a otros niños. Esto incluye mamás y otros asistentes. Quienes se lanzan a recoger no escogen las cosas que les gustan, sino que agarran lo que sea. En realidad, si les gusta o no es absolutamente irrelevante. La propia rebatiña”.

Una tía abuela mía jamás venía a nuestras piñatas. “Las piñatas son un acto de salvajismo”, decía. Pero nadie le hacía caso. Más bien la veíamos como alguien extraño: ¿cómo podían no gustarle las piñatas…? Ella no sabe cuánto la recuerdo porque hoy estoy convencida de que tenía razón… El que sea una costumbre no la hace menos salvaje. Para muestra, las corridas de toros y los toros coleados.

Nosotros estamos acostumbrados, pero me imagino que -aún en un mundo globalizado- a alguien que no ha vivido las piñatas desde niño deben parecerle un horror, por todas las razones esgrimidas por el danés que menciono al comienzo de este artículo.

Es verdad que las piñatas no son un invento venezolano. Hay orígenes que las remontan hasta la China. Allá eran de barro (en realidad, las nuestras hasta hace unas décadas también lo eran) tenían forma de vaca o de buey y estaban rellenas de cinco tipos diferentes de semillas. Tumbarlas con palos de colores era un ritual que se realizaba durante las festividades del Año Nuevo para atraer el buen clima y tener fertilidad en la nueva estación. Las semillas se esparcían por la tierra y lo que quedaba de la piñata se quemaba y las cenizas se guardaban “para la buena suerte”.

Marco Polo fue quien llevó la costumbre de las piñatas a Europa. La describió en su libro “Il Millione”, mejor conocido en español como “Los viajes de Marco Polo”. “Pignatta” es la palabra en italiano para designar la vasija de barro. Tanto en Italia como en España comenzaron a usarse como un ritual asociado con la Cuaresma, alrededor del siglo XIV.

Cuando los españoles llegaron a México encontraron que los Aztecas tenían una ceremonia semejante para celebrar al dios Huitzilopochtli y la “cristianizaron” para evangelizarlos, utilizando una costumbre que les era familiar. Elaboraban la vasija de barro como una esfera con siete picos, que simbolizaban los siete pecados capitales a los que había que golpear para espantar al demonio y sus tentaciones.

Pero en algún momento la costumbre dejó de ser un instrumento de proselitismo religioso y las piñatas pasaron a ser el centro de la celebración de la Navidad y los cumpleaños y así fue como nos llegó a nosotros. Y es un hecho que nosotros nos encargamos de perfeccionarlas.

No hay en el mundo piñatas más grandes, más adornadas y más rellenas que las venezolanas. Y no se debe a que seamos un país petrolero, porque México también lo es y allá no son como las de aquí. Las nuestras son únicas.

En los últimos años hasta las hemos “democratizado”. Las piñatas a las que fueron mis hijas eran distintas a las que fuimos mis hermanos y yo. Ahora en muchas de ellas “racionan” el número de palazos por niño y los sientan en rueda a repartirles “equitativamente” el cotillón. Pero siempre sale el vivo que le da más palos de los permitidos y aprovecha para quitarles los regalitos a los demás… total, a menos de que aparezca una mamá a proteger a su hijo, nadie pone orden en una piñata.

Sí, Venezuela es una piñatota a la que se le ha caído a palos inmisericordemente. Se le ha sacado hasta el último regalito, de esos pocos que quedan atrapados entre los cartones.

“¡Palo al país porque no tiene dolientes!” pareciera ser nuestra consigna. Las piñatas son un espejo de nuestra vida como sociedad y en sociedad. Triste que no nos demos cuenta de que las piñatas somos nosotros mismos y nos estamos destrozando a palos.

El artículo original se encuentra en la página del El Universal.